Deporte, Sin categoría, Vida cotidiana

Acelera un poco más

Propósito del nuevo año: hacer ejercicio, desanquilosar ese cuerpo serrano, ¡ea!

Vuelvo a las taquillas. Me cambio de zapatillas y guardo el abrigo, la sudadera, el bolso yel frío de la calle.

– ¿Qué tal es la clase? Es el primer día que vengo.

– Bueno… Nosotras somos novatas, así que no nos enteramos de mucho. Nos solemos poner detrás.

– Vale, yo haré lo mismo.

Paso la canceladora del gimnasio, las hordas de gente que se desgañita en la máquina de correr, de hacer bici o de remar. Sudor en el ambiente.

Se abre la puerta automática de la sala de aeróbic. Un mejunje de mujeres en leggings y camiseta… ¿Por qué casi todas van de color fucsia? ¿Es esto un anuncio de cereales bajos en grasa y altos en fibra? 

Mierda, ¡si yo también voy del mismo color! Me lo acaba de chivar el espejo.

Cojo el step. Espero no escogorciarme, no sería la primera vez. La monitora anuncia que la clase comienza con una melodía retumbona. Chunta. ¿Va a ser así todo el rato? Miro hacia la salida con carita anhelante.

Bum, bum, bum, bum… ¡chumba!, ¡chumba!, ¡chumba!, ¡chumba! Cuerpos rosas se mueven al unísono… Menos el mío y el de alguna más. Lo mío de hoy no es arritmia, es sacar un cero en la quiniela, que ya es difícil.

– No te agobies, esta coreografía se la saben del lunes.

No me agobio, solo flipo. De hecho, dejo de intentar seguir los pasos para adoptar la pose del pensador y tratar de descifrar por qué coj***s giran, hacen mambo, chachachá y triple salto con tirabuzón cuando hace dos minutos estábamos calentando. ¿Es que no han oído hablar de la zona de desarrollo próximo en el aprendizaje? A mí hoy me pillaba en Kuala Lumpur.

Al final decido mirar a la que tengo delante e inventarme el baile sobre la marcha… Una mezcla de aurresku y jotica. Mientras tanto, la monitora pide cuatro bises más con un chillido más propio de un Pikachu electrificado que de un ser humano.

Por increíble que parezca, la música inasequible al desaliento, la repetición de los movimientos y mi confusión generalizada han hecho que la hora vuele. Yo creo que con el ambiente que se respiraba el reloj de la sala se ha drogado y ha dicho eso de “acelera un poco más porque me quedo tonto y vamos muy lentos”…

¿Si volveré a ese infierno auditivo? No lo sé, pero de la experiencia, además de una sordera considerable, he sacado algo que contar, ¡y eso es lo importante!

 

Vida cotidiana

Hopper grasshopper

Llevo un par de semanas girando cual peonza rotatoria y pasando de un chico a otro a ritmo de swing. No, no me he vuelto una promiscua. ¡Me he apuntando a lindy hop, uno de los propósitos bailongos de los que ya te hablé en su día!

Todo empezó hace un par de sábados. Mi amiga Jota -es su inicial, no confundir con la modalidad danzarina- y yo decidimos inscribirnos en la academia de baile después del rapto de entusiasmo que nos provocó la master class “lindyhoppera” a la que asistimos una lejana noche de sábado en un bohemio local bilbaíno. 

Lindy Hop

Tuvo mérito que diéramos el paso, porque la semana que hicimos la matrícula hacía un frío del copón y encima caían copos, o granizo, o chuzos de punta.

Tres días después de realizar la matrícula, llegó la hora de la verdad: ahí estábamos, las novatas de la clase de iniciación, junto a un elenco variopinto de chicos, chicas, señores y señoras de entre 25 y 60 años.

Como se trata de un estilo que se baila de dos en dos, pensé que todos ellos estaban emparejados y que las parejas serían “para toda la vida”, como en los votos matrimoniales, pero pronto salí de mi error: Jota y yo acometimos juntas la primera canción, pero al grito de “¡caaaambio de chica!” salí disparada en dirección a los brazos de un amable desconocido. Luego me tocó bailar con la profesora, después con un señor calvo, luego con un chaval extranjero… Y así hasta volver a la posición donde me esperaba Jota, que estaba haciendo las veces de “chico” a falta de suficientes representantes del género masculino. 

La verdad es que para mí, que soy bastante pudorosa y timidilla, eso de dar vueltas al son de la música de la mano de extraños me ha hecho perder todo atisbo de vergüenza, ¡y no solo eso!: me ha llevado a darme cuenta de que algunos de mis partenaires son tanto o más vergonzosos que yo, que en seguida cojo confianza y me pongo a entablar conversación con ellos en cuanto la coreografía llega a su fin. 😀