Cartas

Hoy he pensado en la correspondencia. En lo que se escribía antes, y en la riqueza de sentimientos e impresiones que se transmitían. En la forma en que la gente trataba de plasmar sus sentimientos sobre el papel, en lo jugoso del contenido que sus familiares y amigos saboreaban después con delectación.

Y he sentido un poco de pena, porque la comunicación escrita actual no permite esa cercanía, esa tranquilidad a la hora de manifestar nuestro afecto por los demás, de conversar amarrados a nuestro bolígrafo.

Ahora, mediante los wasaps, el Facebook y el Twitter nos quedamos en lo superficial. Si acaso el correo electrónico podría llegar a suplir el desahogo verbal de la carta, pero en la práctica escribimos deprisa, llenamos la pantalla de exclamaciones y pasamos de un tema a otro de manera fragmentaria porque sentimos que el texto nos está quedando demasiado largo, que después va a ser «un plomo» para nuestro interlocutor.

De esta forma, solo nos queda juntarnos y charlar, pero no todo el mundo es igual de hábil en las distancias cortas, no es tan sencillo conversar sobre lo que pasa por nuestra cabeza sin sonrojarnos, sin ser interrumpidos por otra persona o sin ser arrastrados por la velocidad del intercambio de palabras.

Se está perdiendo la carta, y dan ganas de recuperarla, incluso con los más cercanos. De encontrarla agazapada en el buzón, a la espera de que extendamos la mano y la rescatemos del olvido.

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A última hora

Ir a la copistería o a Correos y Telégrafos (siempre me ha gustado esta palabra arcaica y viejuna) es una lección de paciencia, sobre todo si quieres imprimir o mandar algo a última hora, como suele ser el caso el 95% de las veces.

Para empezar, debes aprender que el número de personas que hay a la cola no es una variable fiable a la hora de descubrir cuánto tardarás en realizar la transacción de turno. Tener a dos personas delante no significará tardar menos que tener ante ti a cinco, o a diez. Cinco personas que quieren fotocopiar su DNI o su cartilla no se eternizan tanto como un arquitecto que solicita que le reproduzcan unos planos en la impresora gigante o un chico que, por aviesas intenciones del destino, debe escanear 20 documentos en PDF.

Como ando con el modo zen activado, pensé que aquello podía ser una extraordinaria lección de paciencia, una espera que me elevaría a la categoría de monje budista. Traté de no tamborilear con los dedos ni zapatear con los pies, hice un esfuerzo ímprobo por no consultar la hora cada dos por tres y dejé las uñas quietas con harta dificultad porque me las estoy dejando crecer.

Al final, cuarenta minutos más tarde de haber entrado en el local, salí triunfal con mi botín, y me dirigí a Correos.  «Allí la cosa no estará tan fastidiada, hay más gente trabajando. Además, cuentan con el sistema de coger número», pensé.

¡Ja y requetejá, ingenua de mí! Dentro de la oficina había tanta gente que, de haber estado en la calle, nos habrían detenido por manifestarnos sin permiso. Uno de los mostradores lucía un «Cerrado» que me cayó bien gordo, porque ralentizaba bastante el proceso. Otro lo gestionaba una señora a la que la informática había tomado el pelo porque le dejaba mandar cartas ni paquetes.

Menos mal que en los dos mostradores restantes había dos ángeles de la guarda que hacían lo que podían, desde cantar los números cual si estuvieran en el bingo hasta explicar con paciencia todos los pormenores de los envíos más complejos.

Gracias a una de ellas, mi pedido llegó a tiempo a su destino, certificado y urgente, y a última hora (como el 95% de las veces).